Ciclo de Conferencias de la Asociación Cultural Alcorcon Siglo XXI
Premios de Novela Alcorcón Siglo XXI
II Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

NP. Ayuntamiento de Alcorcón - Viernes, 26 Septiembre 2014 

La Asociación Cultural Alcorcón Siglo XXI , en...

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III Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

Convocatoria del III Certamen de Pintura "Asociación Cultural de Alcorcón Siglo XXI”
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I Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

Convocatoria del I Certamen de Pintura "Asociación Cultural de Alcorcón Siglo XXI”
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Conferencia de Ely del Valle en Siglo XXI

Pablo Villalba

Eran las 19,00 horas del 23 de marzo del 2015 cuando la...

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Conferencia en Siglo XXI de D. David Pérez García

Pablo Villalba

Antes de empezar la conferencia se recordó a los fallecido en el...

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Conferencia: los excesos de comida en las fiestas navideñas

FORO DE DEBATE.
Conferencia: los excesos de comida en las fiestas...

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Lara de Tucci

 El “pero” del título que le doy a este artículo viene determinado por el nulo interés que la inmensa mayoría de los humanos les presta a los documentos papales.  Desde luego, hay miles de personas que los leen, reflexionan sus mensajes y ponen en práctica lo que en ellos se aconseja; siendo tales mensajes puntualizaciones que favorecen a la entera familia humana. ¡Y cómo cambiaría nuestro mundo -mundo en continuas etapas de convulsión, de zozobra y de guerras- si esa mayoría de la que he hablado antes le concediera un mínimo de atención a lo que advierte y aconseja el actual Pontífice en sus encíclicas!;

que es lo mismo que lo que advirtieron y aconsejaron sus predecesores en la Silla de Pedro; aunque expresado en unos términos más actuales, más entendibles por las gentes de este siglo. Siglo en constante evolución; pero en una evolución tan dinámica y desenfrenada, que a veces nos da la sensación de que el “hoy” actual hace ya decenios que pasó con sus cambios.

 Acierta el Papa con todo lo encomendado en su reciente encíclica. Ya que esa evolución que digo -¿habría que llamarla retrogradación?-, frenética en sus maneras de desarrollarse, está provocando que para el año 2050, ya a la vuelta de la esquina como quien dice, un tercio de cada una de las especies animales que conocemos habrá desaparecido de la faz de la tierra y otras, ¡ay!, se habrán extinguido sin remedio y sólo podrán conocerlas las futuras generaciones por los documentos y estudios que ahora se realizan de ellas. Incluso en el seno de las aguas marinas el sello implacable de la alocada evolución viene dejando su impronta de ruina. Pues los expertos denuncian, para antes de que acabe el primer tercio de este siglo, que la cantidad de millones de toneladas de plástico acumuladas en los mares y océanos se irá aproximando dramáticamente a las toneladas de pescado que pululan en los mismos.

Tales desastres, de no frenarse esta situación, serán otros de los eslabones de la cadena de despropósitos que venimos elaborando para  que el Planeta -la “casa común”, en palabras de Su Santidad- se convierta en un lugar de inhóspitas condiciones para la vida. Porque hay que decirlo con claridad -y no es ciencia ficción, aunque sí puede ser ciencia futurista-; si la vida de las especies animales, que nos dan compañía y, sobre todo, alimento, las extinguimos siendo imprudentes, la propia vida humana correrá el mismo infortunio inexorablemente. Y aquí viene lo de futurista: que será futurismo de orden esquilmático.

 Además y no obstante las muchas políticas preventivas de compromiso por parte de los países industriales, la atmósfera y los ambientes se cargan de CO2, y los hielos polares se derriten. Todo lo cual viene provocado por ese ansia, llamémosla colectiva de tales países, de consumir más de lo que necesitamos, de poseer en abundancia incluso cosas que nos estorban o que nos sirven únicamente para satisfacernos caprichos y antojos que, a la postre, hasta pueden ser contradictorios para la salud y el bienestar en general de la propia vida humana. Una vida que sería placentera con satisfacciones que nos descargaran de los agobios del materialismo y de lo caduco. A saber: disfrutando de la música, el arte, el contacto con la naturaleza y, como hablamos de “Laudato si”, de la práctica de la oración ferviente, en el caso de los creyentes, a través de la cual Dios penetra en sus criaturas.

 ¡Pero!... Pero para esto y para prevenir más acertadamente los desastres anunciados que se ven venir, aún estamos a tiempo, el colectivo de los científicos, apoyados en sus previsiones y conclusiones, y en sus compromisos de actuar en consecuencia, han de leer también sin ningún tipo de prejuicios la encíclica del Papa Francisco y, por otra parte, tienen que invitar a los públicos a que la lean. ¿Qué digo leer? Han de interpretarla igualmente en su justa medida para acercarles a las gentes las esenciales recomendaciones que el Pontífice -“debemos proteger al hombre de su propia destrucción”- ha publicado en su documento; como esenciales consejos para la supervivencia en nuestro mundo.

  Porque si no es así, de nada va a servir que el Papa haya propuesto una relación concatenada de todo lo creado; que implica, por otra parte, conocer los propios errores, los vicios y las negligencias para corregir convenientemente lo ya estropeado y retomar una senda sin torceduras a través de compromisos que desemboquen en una tarea común de respeto por la Creación. Sin ser depredadores irreflexivos ni saqueadores de las materias primas, ni en los países opulentos ni en los países de economías emergentes. Lugares estos donde subsiste todavía la belleza de la vida en muchas de sus formas.

 Hermosas orientaciones y consignas del Papa Francisco si es que su encíclica, como digo, es leída, meditada y los habitantes de los países ricos nos ponemos manos a la obra y les enseñamos a los del Tercer Mundo a imitarnos en este sentido. Lo que sería, en la práctica, una actitud de bondad para con nosotros mismos y, sobre todo, para con las generaciones futuras. Pero me temo que “Laudato si” no va a ser motivo para muchas reflexiones, dado el egoísmo humano y dado por otra parte que el hábito de leer está por desgracia, generalmente hablando, en decadencia.