Ciclo de Conferencias de la Asociación Cultural Alcorcon Siglo XXI
Premios de Novela Alcorcón Siglo XXI
II Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

NP. Ayuntamiento de Alcorcón - Viernes, 26 Septiembre 2014 

La Asociación Cultural Alcorcón Siglo XXI , en...

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III Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

Convocatoria del III Certamen de Pintura "Asociación Cultural de Alcorcón Siglo XXI”
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I Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

Convocatoria del I Certamen de Pintura "Asociación Cultural de Alcorcón Siglo XXI”
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Conferencia de Ely del Valle en Siglo XXI

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Conferencia en Siglo XXI de D. David Pérez García

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Conferencia: los excesos de comida en las fiestas navideñas

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        En una pequeña aldea de montaña ya solo vivían “cuatro viejos” sin más visión que sus casas, sus calles, su arroyo, sus ganados y su montaña.

Con el final de los fríos invernales, ya el sol comienza a calentar los valles y montes de los alrededores de su aldea, reducida a un pequeño montón de casas de piedra donde viven solamente esos pocos vecinos, todos ya muy mayores. Los hijos ya habían huido hace tiempo a la ciudad en busca de una mejor vida.

       Benito es uno de ellos: vive solo desde hace años en su casa de esta aldea. Un día -aprovechando el buen tiempo que se anuncia- decide subir a la montaña cercana donde sus ganados pastan libremente en las verdes praderas, o se refugian al abrigo de una elemental y sencilla construcción durante las nevadas invernales.

 

        Desde que vive solo, Benito se las arregla para no depender de nadie. Y ahora, lejos de la aldea, hará lo mismo. No le faltará de nada para subsistir durante un tiempo mientras la naturaleza no le impida disfrutar de un ambiente sano y agradable. En una fardela lleva comida para varios días: una gran hogaza de pan, un chorizo y trozos de jamón de su propia cosecha, una tortilla y frutas y verduras. Un perro fiel le acompaña.

         Allá arriba, en las verdes praderas alpinas, junto a sus ganados, posee una casucha que construyó al lado de una fuente que suministra también agua a sus animales, y donde siempre pasa largas semanas desde primavera hasta el otoño. Nada le falta para subsistir. No solo no le pesa la soledad porque ya está acostumbrado a vivir esa vida, sino que sabe disfrutarla.

       Hoy, después de un gran esfuerzo ascendiendo por estrechos senderos que zigzaguean ora sobre el roquedo, ora flanqueados por la tierna hierba primaveral, se sienta gozoso a descansar sobre una gran roca colindante con su casucha. El corazón va ralentizando sus rápidos latidos con el esfuerzo realizado. Pero sus ojos no descansan: en paz y alegría, contempla primero a sus ganados que parecen alegrarse también de su llegada; después, su mirada abarca la inmensidad del horizonte que se abre a sus pies: lejanas montañas aún cubiertas de nieve que brillan con los rayos del sol; pueblos apacibles diseminados por los valles entre una tupida vegetación de ribera; bosques de pinos por las laderas, y robles por las primeras pendientes.

       Ya tiene bien acondicionada su casucha para que las frías noches no le traigan resfriados y pueda dormir a gusto en sus horas de soledad. De día disfruta de ligeros paseos por los alrededores junto a su perro, pero sin perder de vista a sus animales, dejándose llevar por la paz del entorno, la contemplación de su pequeño universo y de las miles de florecillas que ya van surgiendo entre la hierba después de la larga noche invernal. No, no está y no se siente solo: los murmullos del bosque, de las aves cantoras, de los mil habitantes diminutos de la montaña le acompañan en su recorrido.

        Así transcurre, con lentitud, el prolongado mes en la soledad de la montaña. Pero es hora de volver a aprovisionarse en la aldea antes de volver junto a sus ganados y a su soledad. Largo y empinado descenso para Benito, con más de setenta años sobre sus espaldas. Baja ligero, apoyado en su cayado y con la fardela ahora vacía.

     Nadie en la aldea le ve llegar; nadie allí para saludarle y preguntarle por su estancia en la montaña. A Benito no le preocupa demasiado esa circunstancia en una aldea casi deshabitada y a esas horas del mediodía. Presto entra en su casa para ver si todo está en orden, prepararse algo de comer y descansar un buen rato.

      Ya es media tarde cuando sale a la calle para saludar a sus  vecinos más cercanos: una pareja de octogenarios que, también ellos, viven solos. Después de insistir en la llamada, ya se persuade de que no hay nadie dentro, por lo que Benito se extraña, pues allí estaban cuando se fue a la montaña. Dejando atrás algunas casas vacías, unas decenas de metros más allá vive otra pareja, algo más joven que, con toda probabilidad, se dice, estarán en casa. Allí estaban, en efecto, pero no le abren; asomados a la ventana y a prudente distancia, le saludan:

─ ¡Hola, Benito!, ¿qué tal por la montaña?

─ Sin novedad. Y por aquí, ¿qué tal?

─ ¿Ignoras lo que ha pasado?

─ Sin radio ni televisión, nada he sabido. Pero ¿qué ha pasado en el pueblo?

─ ¡Ay, Benito! En todo el país hay una epidemia, una pandemia, la llaman. Parece que se está extendiendo un virus de mala muerte que está matando a mucha gente, ¿sabes?

─ ¿Y también en el pueblo?

─ Felizmente, nosotros estamos todos sanos porque estamos lejos de esos pueblos y ciudades donde se ha extendido el virus; ha venido la Guardia Civil para decirnos que nos cuidemos y que nadie venga de fuera y nos contamine.

─ Ya pensaba yo que algo estaba pasando aquí cuando, de vuelta, no he visto a nadie en el pueblo. ¿Será verdad que el virus no viaja por los aires? Si es así, aquí estaremos a salvo. Que se pudra en la ciudad. Nuestra libertad vale más que todo el oro del mundo.

─ Pues ya sabes: la Guardia Civil nos dice de permanecer en casa y que, de ningún modo salgamos del pueblo.

Una semana después, con la salida del sol, Benito sube a su montaña. Allí, ningún virus se atreverá subir.