Ciclo de Conferencias de la Asociación Cultural Alcorcon Siglo XXI
Premios de Novela Alcorcón Siglo XXI
II Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

NP. Ayuntamiento de Alcorcón - Viernes, 26 Septiembre 2014 

La Asociación Cultural Alcorcón Siglo XXI , en...

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III Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

Convocatoria del III Certamen de Pintura "Asociación Cultural de Alcorcón Siglo XXI”
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I Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

Convocatoria del I Certamen de Pintura "Asociación Cultural de Alcorcón Siglo XXI”
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Conferencia de Ely del Valle en Siglo XXI

Pablo Villalba

Eran las 19,00 horas del 23 de marzo del 2015 cuando la...

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Conferencia en Siglo XXI de D. David Pérez García

Pablo Villalba

Antes de empezar la conferencia se recordó a los fallecido en el...

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Conferencia: los excesos de comida en las fiestas navideñas

FORO DE DEBATE.
Conferencia: los excesos de comida en las fiestas...

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Enrique Fernández Melero

Para los que curioseamos Internet se han hecho frecuentes algunos mensajes coincidentes en la temática. Hace poco eran unas declaraciones del primer ministro francés François Fillon. Antes fue Kevin Rudd, primer ministro australiano. Y más lejos, no recuerdo con exactitud, una personalidad sueca (nada menos) El tema de todos coincidía en su discurso a la comunidad emigrante musulmana, recomendando que se integrasen al país que les da acogida, brinda trabajo, facilita asistencia medica, enseñanza escolar, posibilidad de asociarse, lugar donde llevar a cabo sus practicas religiosas y, sobre todo los demás, libertad. Una libertad que llega al límite de dejar que se marchen si les resulta insoportable el ambiente en que viven los ciudadanos nacidos allí.

Y acababan esos mensajes con la inevitable admiración que se profesa al personaje que habla tan claro y el dolor que nos produce que no exista en España gente tan valiente y digna.

No intento con esta reflexión comparar a estos dignatarios y descalificar a  nuestros gobernantes socialistas. Resultaría inútil, ellos se bastan y sobran a hacer propaganda propia y nada nos extraña en sus discursos e intenciones.

Tampoco es mi deseo levantar aversión contra los musulmanes que viven en España. De ninguna forma. Eso es contrario al pensamiento cristiano, eso es faltar a lo que se nos enseña y manda, eso contraviene el mandato de no desear a tu semejante nada que no desees a ti mismo. La Iglesia Católica así lo enseña y más todavía desde que el Concilio Vaticano abrió sus puertas al ecumenismo. Juan Pablo II hizo enormes avances a la aproximación con las distintas confesiones religiosas, abrió diálogos de cordialidad y afecto con el Islam y los hebreos. Ese camino es seguido con igual tesón y esperanza por Benedicto XVI.

Es hacia nosotros mismos a quienes me refiero, a los que de algún modo ignoran quienes somos y de donde viene nuestra formación cultural. Al no reconocerlo, es fácil que se nos vaya despojando poco a poco de las mismas raíces que nos han permitido llegar aquí.

A España, tres milenios de Historia la configura como pueblo abierto a muchas culturas, pero fue la influencia de Roma la que al mismo tiempo que conquistaba todo lo que ahora consideramos mundo occidental, define el carácter de nuestros diversos pueblos. Y no fue una conquista fácil, como nos enseña nuestra profesora de Historia. Mientras que las Galias caían ante Cesar en una década, Hispania costó a Roma dos siglos menos un año, para ser pacificada e integrarse en el Gran Imperio.  

Hubo mucha sangre, violencia increíble, muestras de crueldad, traiciones y un oscilar entre el fracaso y la victoria que enseña como se valoraba la libertad en los pueblos de la península ibérica. Nos convertimos en el granero de Roma, en fuente inagotable de metales, de vinos, de aceite… un tesoro. Sin embargo no podemos decir que los romanos se limitaron a esquilmar recursos, también nos impregnaron con su civilización, con su arte, su legislación, su lengua, su religión, de forma que la semilla que se planto aquí no pudo encontrar tierra más ubérrima para prosperar. En unos siglos fuimos tan romanos, que algunos de los mas importantes cesares nacieron en España. Y aquello resultó tan bueno que a la caída del Imperio, los pueblos bárbaros, confirmaron la bondad del producto y en lugar de destruirlo lo adquirieron para sí mismos. Se romanizaron y fueron conformando los distintos países que han construido la Europa actual y la mayoría de los pueblos que entran dentro de lo que vuelvo a llamar cultura occidental.

Todo lo que forma esa cultura va unido y es inseparable. Puede resultar chocante, cómico incluso, que podamos ofender a alguien por tomarnos una copita de rioja y unas tapas de jamón ibérico, porque nuestras mujeres luzcan su pelo suelto y ocupen en la sociedad el sitio que se han ganado con gran esfuerzo y merito, que pueda ser malo ver las obras de arte de nuestros museos de pintura, que las estatuas erigidas en una plaza puedan ser representar algo abominable, tantas y tantas cosas que no les gustan… pero que nuestro signo religioso ofenda, ya es otra cosa. Una sociedad tolerante a otras confesiones no puede ofender por la fe que la hizo crecer, fe que se repite en los actos cotidianos, en los monumentos de nuestras ciudades, en las iglesias de todos nuestros pueblos, en las catedrales, colegiatas y ermitas, en las procesiones y en todos los actos públicos de nuestra existencia. Y es que todo va junto, son constantes que se cruzan y entrelazan en un dibujo interminable de detalles complementarios, de cada uno de los cuales es imposible prescindir, si se quiere respetar lo que han formado y nos sustenta.

Y esto tiene que valer incluso para agnósticos, no por creencia religiosa sino por la tradición y la riqueza cultural que compone nuestra historia. Tengo amigos que se declaran ateos de palabra o por actos, que no renunciarían a lo que es nuestro y que saben apreciar el valor acumulado en decenas de siglos. Ahora resuenan los ecos de las protestas en las universidades para apartar los signos religiosos, ignorando que las universidades cristianas no rechazan a los alumnos por sus creencias. Se lleva a los altos tribunales europeos reclamaciones que no contentan y sirven para mostrar, una vez más, que leyes y justicia no siempre son lo mismo. Es un grave error perder algo tuyo porque no lo sepas apreciar en su justo valor. Un buen amigo me recordaba que el mayor logro de nuestra cultura occidental se alcanza en el siglo XX con la consecución de la Unión Europea. Y ese esfuerzo colosal en el que se ha puesto las mayores ilusiones, el sueño de acabar con  fronteras, el anhelo de hermanar a distintos pueblos, se gestó entre fervientes católicos:

Robert Schuman: uno de los principales dirigentes de la Cuarta República Francesa, ministro de Finanzas, Presidente del Consejo de Francia, ministro de Asuntos Exteriores y ministro de Justicia. También se desempeñó como diputado de Mosela entre 1919 y 1962, con una pausa entre 1942 y 1946. Su cargo como ministro de Asuntos Exteriores (1948-1952), lo llevó a ser el principal negociador francés de los tratados firmados entre el final de la Segunda Guerra Mundial y el principio de la Guerra Fría (Consejo de Europa, OTAN, CECA, etc.) Desde hace varios años esta abierta en el Vaticano su causa para la beatificación.

Konrad Adenauer: político alemán, primer canciller de la República Federal de Alemania tras la división del país a causa de la Guerra Fría y considerado uno de los "padres de Europa"

Alcire de Gasperi: Ministro de Asuntos Exteriores y Presidente del Consejo de Ministros de Italia, así como fundador de Democracia Cristiana (Italia) y último secretario del Partido Popular Italiano. Está en curso su proceso de beatificación.

La bandera de la Europa Unida se inspiró en el Apocalipsis de San Juan (12, 1): Una gran señal fue vista en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza UNA CORONA DE DOCE ESTRESLLAS, la cual llevaba un Hijo en su seno…

Resulta normal que se quiera embellecer la casa en que vivimos, que se la adorne y dote con mejoras, que se la pinte y engalane, pero no se tocan los cimientos, no se enreda con los muros de carga. En caso contrario, tarde o temprano, la casa (o nuestra cultura) se vendrá abajo.