Ciclo de Conferencias de la Asociación Cultural Alcorcon Siglo XXI
Premios de Novela Alcorcón Siglo XXI
II Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI
III Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI
I Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI
Conferencia de Ely del Valle en Siglo XXI
Conferencia en Siglo XXI de D. David Pérez García
Conferencia: los excesos de comida en las fiestas navideñas

Opinión

         ¿Quién puede adivinar el camino a recorrer por el PSOE hasta el 40 Congreso previsto para octubre en Valencia? ¿Quién puede adivinar el desconcertante recorrido de este partido, con un líder absolutamente volcado en trastocar la marcha del socialismo con unas líneas políticas de carácter dictatorial como son las que él viene trazando? Todo son conjeturas en este sentido y en estos momentos de confusión que vive la España amañada por Pedro Sánchez; un político, además de dictatorial, sumamente ambicioso y aferrado a la doctrina de sus intereses de gobernante sin respeto alguno por las fórmulas de diálogo con quienes no comulgan con sus ideas, ni incluso con sus compañeros de agrupación que le auparon al Poder cuando aquella malhadada moción de censura que tumbó a Rajoy.

        En la última convención de Ciudadanos, hacia mediados de julio, una convención diezmada, al borde del desánimo por la falta de credibilidad de muchos de sus votantes; Inés Arrimadas, la lideresa del partido, no estuvo nada brillante a la hora de defender los muchos logros que la formación naranja cosechó  a partir de aquellos días en los que se vieron casi solos en Cataluña para hacer frente al proceso separatista, con Albert Ribera al frente del partido recién instituido. Un partido que se ganó la simpatía de la mayoría de los españoles, dada aquella valentía y aquel mérito político que supieron derrochar en tierras catalanas por el bien de la integridad de nuestro país.

           No siempre es oportuno extrapolar actitudes, aunque en el tablero político, este entramado de posiciones casi semejantes da mucho para reflexionar y escribir. Y es que el sanchismo de aquí y la Agrupación Nacional francesa de Marine Le Pen parece que se han conjurado en una misma senda de despropósitos -dentro, lógicamente, de sus propias y antagónicas diferencias- para no bajarse del burro, con tal de seguir, erre que erre, en sus respectivas obcecaciones. Las que sacan de la política una especie de segmento filosófico desfigurado, sólo válido para las conveniencias que persiguen ambos personajes: el protagonismo a costa de los que sea.

           Además, es un protagonismo que pretenden alcanzar con ciertas etapas intermedias; incluso los dos han defenestrado a sus principales validos. En el caso de Le Pen, a su ex Louis Aliot, y en el caso de Sánchez, a Iván Redondo; personajes estos tan ambiciosos como sus líderes y que ven por los ojos de ellos

             De acuerdo que cada uno puede hacer de su capa un sayo; de acuerdo también -faltaría más- que cada uno puede hacer en su casa lo que más le convenga, y sin que nadie tenga que molestarse por ello. Pero la monarquía es una institución extremadamente popular, con la Corona -ciña quien la ciña- como símbolo nacional que engloba a la entera ciudadanía española, dada su fórmula constitucional del presente.

            Viene esto a colación por el sacramento de la Confirmación que recibió los otros días la Princesa Leonor; que, en opinión de la mayoría de los españoles que creen en la Iglesia, aunque no practiquen en los actos religiosos, fue una Confirmación que estuvo fuera del contexto que requería la Corona. Lejos, muy lejos de la representatividad que habría tenido que ostentar Leonor como futura Reina de España.

          La Iglesia Católica ha celebrado hace pocos días la fiesta de la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, más conocida por la abreviatura del Corpus Christi, que fue instaurada hace ocho siglos, convirtiéndola en una de las más antiguas de la Iglesia. La historia de la institución de esta fiesta data del siglo XIII, empezando por un sacerdote de la ciudad de Praga, al que le atormentaba la pérdida de su fe y más concretamente la duda que le suscitaba sobre la presencia de Cristo en el Pan y en el Vino de la Eucaristía. Con estas dudas y el deseo de encontrar la verdad, emprendió un viaje a Roma, que le llevaría, tras mil kilómetros de peregrinación, a orar ante las tumbas de los Apóstoles San Pedro y San Pablo y escuchar la Santa Misa que el Papa celebraba en la Catedral de San Juan de Letrán, tras la cual emprendería el regreso hasta su tierra. Tras salir de Roma llegó a la pequeña ciudad de Bolsena, situada al lado del lago del mismo nombre, donde ofició la Santa Misa en la Iglesia de Santa Cristina, y fue allí donde al celebrar la consagración y alzar y partir la Sagrada Forma empezó a manar sangre de ella, manchando el mantel sobre el que oficiaba y el piso de mármol. Esta era la prueba que Dios le enviaba sobre sus dudas, el corporal quedó manchado de sangre para siempre y avisado el Papa Urbano IV, que residía en ese momento en la cercana localidad de Orvieto, situada a pocos kilómetros de Bolsena, se interesó por este milagro, ordenando al fraile franciscano San Buenaventura su estudio y la interrogación al citado sacerdote sobre lo acontecido, manifestándole este aquellas dudas que le aconsejaron el viaje y todos los hechos acaecidos.