Ciclo de Conferencias de la Asociación Cultural Alcorcon Siglo XXI
Premios de Novela Alcorcón Siglo XXI
II Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI
III Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI
I Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI
Conferencia de Ely del Valle en Siglo XXI
Conferencia en Siglo XXI de D. David Pérez García
Conferencia: los excesos de comida en las fiestas navideñas

Opinión

               Los otros días apareció en las redes sociales una frase de Pablo Iglesias que se puede interpretar como desdichada; como una descarada afrenta e, incluso, una amenaza al Estado de Derecho. Vino a decir que “el Gobierno -del que él mimo forma parte como vicepresidente- y el Estado tendrían que ser, además de administradores públicos, un terreno de tensión ideológica y de confrontación de intereses”. Confesión que personalmente yo interpreto como prefiguración de la antigua “lucha de clases”. Esa oscura forma de hacer política que soliviantaría a cualquier sociedad democrática; ya que la lucha de clases provoca que nadie se encuentre contento, ni siquiera seguro, con la actividad que desarrolla en el seno de esa misma sociedad, en la que vive y desempeña en sus funciones.

            ¿Cómo se puede vivir en el seno de una población que apuesta por la confrontación de intereses si hay personas que, generalmente hablando, se han ganado a pulso, con esfuerzo y honesta dedicación lo que posean; mientras otros individuos, generalmente hablando también, únicamente buscan, con pretensiones nada edificantes, vivir de la mejor manera posible, aprovechándose de las ganancias ajenas que desde la honestidad se logran?

             Por otra parte, ¿cómo puede decir el líder de Podemos que la política ha de desarrollarse con tensiones ideológicas y sin rasgos de entendimiento? Porque, me parece a mí, que la tensión, y menos si está producida por las ideas políticas, no conduce a nada práctico. Pues, con ello, a la hora de darse a edificar estructuras de sano entendimiento; a la hora de buscar consensos, orientaciones y puntos realmente básicos para una convivencia ideal y fructífera, para una sociedad anhelante de respeto por parte de sus representantes políticos; ningún acuerdo razonable puede lograrse en modo alguno. Ya que las tensiones atenazan la prudencia, maniatan los entendimientos e impiden que los rasgos de cordura reconforten a los individuos para entregarse a la implantación del bien común que a todo el mundo beneficie por igual.

            No, señor vicepresidente, esas palabras suyas aparecidas en las redes sociales dejan bien a las claras que no está usted suficientemente dotado para la Política con mayúscula. Sólo demuestra con ellas que su oficio en el Congreso de los Diputados y en el Gobierno es de aprovecharse de votantes que no se pararon a reflexionar acerca de su personalidad tan preocupante. Y aprovecharse igualmente del mismo Pedro Sánchez; pues lo necesitó a ultranza, bien a su pesar, como aseguran algunos barones socialistas, para instalarse en La Moncloa como fuere.

            Respecto de los votantes que le han venido colocando donde está hoy, hay que decir que tendrían que haber pensado dos veces su proceder ante las urnas. Únicamente tenían que haber recordado sus principios en la política -las hemerotecas lo atestiguan-, cuando con Monedero y Errejón, y otros pocos de los suyos “echaron a andar” nada democráticamente en la Universidad, reventando un acto de Rosa Díez; una mujer que sí es demócrata; mucho más demócrata que Pedro Sánchez y Zapatero juntos. Reventando dicha intervención, hay que recordarlo, enseñándole a la antigua socialista tarjetas rojas a modo de árbitros autoritarios.

            Añadir además, que esas tensiones ideológicas que propugna ya las estamos viviendo estas pasadas noches en las dos o tres ciudades más importantes de España; con gentes comandadas y bien organizadas arrasando e incendiando con violencia inusitada y con ímpetus inexplicables. Unos actos que pueden acarrearle a usted mismo incluso el hundimiento de la ventajosa posición política que disfruta incomprensiblemente en la presente Legislatura.

            Una posición muy celebrada por quienes no piensan demasiado, no reflexionan con discernimiento en que los males -y las tensiones lo son sin ningún género de dudas- jamás se arreglarán con otros males. Ya que tan sólo los enmascaran con retorcidas falsedades; que, cuando decaen con sus disfraces, aparecen indefectiblemente las adversidades, a veces de constitución tremendista -lo hemos vivido con frecuencia en la historia de la humanidad-. Y tendríamos que haber aprendido de ello con apropiado desprecio de las desfachateces.          

            Tenía yo preparado este trabajo para la edición de FITUR de este 2021, pero el coronavirus, suspendida la Feria del Turismo, ha trastocado mis planes. No obstante, gracias a la web de la Asociación Cultural Alcorcón Siglo XXI, puedo publicarlo pasado ya un año exactamente desde que la noticia saltara a los medios: “que Sigüenza se postulaba, por medio de representantes políticos comprometidos con la causa, como candidata al nombramiento de Ciudad Patrimonio de la Humanidad”. Y desde luego no les faltó acierto a quienes se propusieron que la Ciudad del Doncel, como en las esferas culturales se la conoce, alcance el rango universal que ciertamente se merece por tantos contenidos como aglutina; que la posicionan como enclave turístico por excelencia y como centro ideal para ser estudiada y difundida.

           La unión viene siendo más que evidente. Unión espontánea del pueblo español -unión total- en torno a los profesionales de la medicina y a todo el personal que presta sus servicios en los centros sanitarios. Cómo todos ellos fueron reconocidos poco menos que como héroes durante la primera ola del coronavirus.

          Se lo merecieron sin duda y aún se lo siguen mereciendo por esa labor de profesionalidad sin fisuras que están realizando desde entonces; a veces, sin recursos apropiados para sus trabajos, a veces con carencias de manifiesta planificación. Y todos ellos sin apenas atisbos de relajación, ganándose a pulso el reconocimiento de la entera sociedad. Todo lo cual ocasiona uno de los temas de “unión” que apunto.

             No es nada honrado, políticamente hablando, que los del Gobierno bicéfalo y sus acólitos nacionalistas -con ERC y el Rufián jiennense a la cabeza- la estén tomando con las cuentas de la Comunidad de Madrid; cuya política fiscal crispa las mentalidades de los que, en otras comunidades, no tienen capacidades para alcanzar los logros que desde la Capital se vienen consiguiendo en beneficio de sus ciudadanos comunitarios. Figúrese el lector que bonificar casi el 100% los Impuestos sobre el Patrimonio y el Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones a los familiares más directos es una apuesta social que muy pocos de los progresistas y menos aún de los separatistas, están dispuestos a reconocer y perdonar al gobierno de Isabel Díaz Ayuso.

            Desde luego, hay otras autonomías que podrían copiar una planificación presupuestaria semejante a la madrileña; donde el gobierno autónomo se viene ajustando a una realidad convincente para los votantes de la capital y de sus municipios; pues comprueban que es más razonable, incluso para la entera economía nacional, barajar unos presupuestos en línea de objetividad con el gasto público. Ese gasto cuantitativo que dicta la prudencia; virtud ausente en otras comunidades autónomas e, incluso por cierto, en bastantes de los votantes que sustentan a sus políticos.

             Un gasto que no aciertan a aplicar para diferenciarse de la capitalidad y ser ellos los gallitos del Estado, con el PSOE como protagonista. Grupo político que, en esto de la economía tiene atravesada a Isabel Díaz Ayuso, y no sólo por sus presupuestos autonómicos, sino también por la Sanidad Pública; que tampoco cuadra con los propósitos progresistas.

            De ahí que todos contra la Presidenta de Madrid. Y cuando digo todos, no sólo me refiero a los del Gobierno de Sánchez, sino también a los de Rufián y muy especialmente a los del País Vasco, autonomía esta que tiene su propio concierto económico, pero que dejando a un lado su armonización tributaria, se alinea hipócritamente con ERC para imponer unas normas de economía que nublen las habilitadas que tiene Madrid; haciéndolo para promocionar ellos sus territorios autónomos de cara a la imagen nacional que pretenden confundir para bien de sus tendencias separatistas. Y eso, sin tener en cuenta siquiera que Madrid cede al resto de España casi una cuarta parte de la recaudación que genera en su territorio. Aunque también, por aquello de la capitalidad, tanga sus ventajas económicas estatales.

           Por todo lo cual no está de más advertir que ciertos ingresos nacionales, fuera de los de Madrid, ingresos provenientes de Impuestos sobre Sucesiones y Donaciones e Impuestos sobre el Patrimonio pueden ocasionar un sinfín de problemas a nuestra economía, ya maltrecha por el Cobid-19 y por inhábiles políticos, peores incluso que Solbes. Y más maltrecha todavía si se van disparando los gastos públicos sin contención sensata en algunas autonomías; principalmente en la de ERC del jiennense   Rufián, una Cataluña, donde sus dirigentes pretenden ser más que nadie en esta España, que por eso la quieren dividir para luego ser -en eso no piensan- el hazmerreír de la UE.

           Donde hoy por hoy apenas se les tolera, aunque sin ningunearlos para no humillar al Gobierno de Pedro Sánchez; a los que la secretaria de Economía de la Comisión Europea, Christine Lagarde, no terminan de convencer por sus ansias de poder, tan impropias de unos gobernantes que únicamente buscan el descalabro económico de la Comunidad de Madrid para, en su propio provecho gubernativo, hacer y deshacer, poner e imponer sus tendencias sociales, contrarias a lo que el pueblo necesita para el sostenimiento de las economías familiares; con sectores cada vez más inseguros en el empleo y, por consiguiente, más dependientes de las ONGs para proveerse de las necesidades básicas.

              Por otra parte y ya que hablamos de economía, no es de recibo, en mi modesta opinión ni en la de muchos estando en su sano juicio, ahora que se habla y se escribe mucho de los PGE, que desde los dos partidos del Gobierno, como desde el PNV y desde el grupo del jiennense Rufián quieran hacer temblar a la Comunidad de Madrid, con Isabel Díaz Ayuso a la cabeza; pretendiendo que la capital del Reino -por aquello de su sobresaliente posición nacional- pague con sus impuestos más que otras comunidades; que se lo gastan a manos llenas en facturas secesionistas e, incluso, fratricidas, cabría decir sin miedo a equivocarse.                               

            No creo que, en tiempo de Navidad, cuando las entrañables fechas invitan a la alegría y al optimismo, esté nada bien barruntar tiempos difíciles, más bien dificilísimos. La entera sociedad me perdone esta reflexión de opacos augurios que intuyo y que ya me imaginaba antes de la llegada del coronavirus. Y no es porque leyera al músico y Premio Nobel Bob Dylan, que eso lo hice después. El mismo Papa Francisco un par de años atrás intuyó también algo semejante, aunque con menos dramatismo; de ahí sus advertencias a través de la carta encíclica “Laudato sí”.

            Es esa misma sociedad, la del mundo de la opulencia, principalmente, la que viene buscando la ruina del Planeta y de la misma especie humana; que es parte del contenido de dicho Planeta. Pues la debilidad de la atmósfera y del constreñimiento continuado que hacemos de sus elementos salutíferos nos irá llevando poco a poco a una situación tan caótica que, en no muchas décadas, acarrearán otras epidemias insostenibles si Dios no lo remedia. Digo Dios porque el hombre, por sí mismo y por muy dotado que esté para los estudios científicos, no alcanzará a rehabilitar de ninguna manera lo que anhelará para su bienestar cuando todos los recursos estén, si no perdidos definitivamente, sí, al menos, esquilmados y no aptos para poder ser disfrutados.            

            Sin más remedio hay que cuestionarse, si es que estamos en nuestro sano juicio, cómo lo pasarán las dos próximas generaciones tras la Cobid-19. Ya que los cambios de toda naturaleza se habrán de afrontar pesadamente y con inquietudes desesperadas ante los desajustes ambientales y los cataclismos que no se puedan rectificar para mantener lo logrado en estos tiempos; lo logrado, aunque con nula sensatez para valorar -valga la paradoja- lo que no valoramos con un mínimo de prudencia. Pues esos valores los despreciamos hoy, generalmente hablando, como si fueran bienes que siempre vamos a tener a nuestro alcance, y sin pensar que a las nuevas generaciones les pueden hacer falta, en sus tiempos de pésima situación, para sobrevivir.

            Creo firmemente que de las desventuras que han de venir, los intelectuales del momento son muy responsables por sus desesperantes negligencias a la hora de informar a los pueblos, a las gentes de toda condición, de que las actitudes y los hábitos presentes nos encadenan a la sinrazón en la que vivimos. Los intelectuales, sí; pues ellos poseen unas neuronas que, puestas al servicio de sus semejantes menos dotados, podrían muy bien prevenir, en parte, las calamidades que nos acechan a la vuelta de la esquina: miedos y soledades, mutuas desconfianzas, aumento de los suicidios, rabia endémica, paranoias, desafecciones familiares. Calamidades todas que pueden ser que las sorteemos nosotros ahora, pero que nuestros descendientes no podrán eludir, al faltarles los entendimientos que hoy se les podrían conculcar, dadas las experiencias que las gentes del Saber acumulan inútilmente.

            Y no solamente la intelectualidad, con sus indolencias, será la culpable de los indeseables fenómenos que irán desfigurando los conceptos humanos del momento. Pues, igualmente, los poderes públicos de la actualidad tienen su parte de culpa al no situarse, con sus leyes, normas y planificaciones, fuera de los recintos institucionales que ocupan. Situándose con la verdad allí donde los públicos aguardan de ellos contraseñas de sobriedad benefactora incluso impuestas con autoridad, si preciso fuera, para el bien común.      

            Un bien común que se ajuste a la sensatez; esa virtud indispensable que con toda seguridad, por desgracia, no se podrá apreciar por nadie (pues hoy mismo ya no se observa adecuadamente) cuando en unas décadas alucinantes por sus desordenes de toda naturaleza, las gentes, en confusión, se verán envueltas y debilitadas por otras pandemias que sacudirán la vida de este mundo, que nosotros iremos dejando.

            Pero como soy católico practicante y no tengo nada de sabihondo ni de político, tranquilizo al lector de estos días, para bien de él mismo y de sus descendientes, remitiéndolo al Evangelio de San Lucas. Cap. 21, ver. 28: “Cuando estas cosas comenzaren a suceder, cobrad ánimos -dice- y levantad vuestras cabezas al cielo porque se acerca la liberación”.