Ciclo de Conferencias de la Asociación Cultural Alcorcon Siglo XXI
Premios de Novela Alcorcón Siglo XXI
II Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI
III Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI
I Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI
Conferencia de Ely del Valle en Siglo XXI
Conferencia en Siglo XXI de D. David Pérez García
Conferencia: los excesos de comida en las fiestas navideñas

Opinión

             De acuerdo que cada uno puede hacer de su capa un sayo; de acuerdo también -faltaría más- que cada uno puede hacer en su casa lo que más le convenga, y sin que nadie tenga que molestarse por ello. Pero la monarquía es una institución extremadamente popular, con la Corona -ciña quien la ciña- como símbolo nacional que engloba a la entera ciudadanía española, dada su fórmula constitucional del presente.

            Viene esto a colación por el sacramento de la Confirmación que recibió los otros días la Princesa Leonor; que, en opinión de la mayoría de los españoles que creen en la Iglesia, aunque no practiquen en los actos religiosos, fue una Confirmación que estuvo fuera del contexto que requería la Corona. Lejos, muy lejos de la representatividad que habría tenido que ostentar Leonor como futura Reina de España.

          La Iglesia Católica ha celebrado hace pocos días la fiesta de la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, más conocida por la abreviatura del Corpus Christi, que fue instaurada hace ocho siglos, convirtiéndola en una de las más antiguas de la Iglesia. La historia de la institución de esta fiesta data del siglo XIII, empezando por un sacerdote de la ciudad de Praga, al que le atormentaba la pérdida de su fe y más concretamente la duda que le suscitaba sobre la presencia de Cristo en el Pan y en el Vino de la Eucaristía. Con estas dudas y el deseo de encontrar la verdad, emprendió un viaje a Roma, que le llevaría, tras mil kilómetros de peregrinación, a orar ante las tumbas de los Apóstoles San Pedro y San Pablo y escuchar la Santa Misa que el Papa celebraba en la Catedral de San Juan de Letrán, tras la cual emprendería el regreso hasta su tierra. Tras salir de Roma llegó a la pequeña ciudad de Bolsena, situada al lado del lago del mismo nombre, donde ofició la Santa Misa en la Iglesia de Santa Cristina, y fue allí donde al celebrar la consagración y alzar y partir la Sagrada Forma empezó a manar sangre de ella, manchando el mantel sobre el que oficiaba y el piso de mármol. Esta era la prueba que Dios le enviaba sobre sus dudas, el corporal quedó manchado de sangre para siempre y avisado el Papa Urbano IV, que residía en ese momento en la cercana localidad de Orvieto, situada a pocos kilómetros de Bolsena, se interesó por este milagro, ordenando al fraile franciscano San Buenaventura su estudio y la interrogación al citado sacerdote sobre lo acontecido, manifestándole este aquellas dudas que le aconsejaron el viaje y todos los hechos acaecidos.

            Con el aldabonazo político de Ayuso no cesan de sucederse posiciones y contraposiciones de quienes, de alguna manera, están puestos en las instituciones por los votantes para gobernarnos. Y como para explicar de una manera clara estas actitudes de políticos que pudiéramos calificar de embaucadores, tenemos al mismo Pablo Iglesias; que se ha esfumado del panorama estelar en el que venía medrando tras el fracaso sufrido a manos de los populares. Fracaso que también salpica a sus socios del PSOE.

            ¡Y qué casualidad! A los diez años justos del aquel 15-M que congregó a miles de seguidores suyos, los así llamados “indignados”. Cuya efemérides ha venido a demostrar, de la misma manera, que la magna concentración de protesta -hay que calificarla así-, que durante tres meses hizo de la Puerta del Sol madrileña un lugar de nefasta imagen, fue igualmente de razones efímeras; de razones de esas que no aguantan el paso de los días sin resentirse.

            Todos nos sentimos felices de que Isabel Díaz Ayuso haya ganado las elecciones. Un resultado justo para una mujer digna, admirable, valiente, que se enfrentó a descalificaciones, calumnias, ataques cobardes. Y además de ganar ha sacado del panorama político a Ciudadanos, un partido ambiguo y desleal que es el que ha provocado que se tengan que celebrar comicios anticipados. ¡Que lección han recibido!

            Y en medio de nuestra alegría hago una llamada de atención a que esto es solo una batalla entre las muchas que quedan por ganar.

            Porque la mala simiente sigue sembrada. No se retiró, cuando era posible, la Ley de Memoria Histórica, creada para que los españoles volviésemos a odiarnos. El aborto cada vez más permisivo avanza en una nación que se despuebla y en la que cada año seremos menos. No se ha modificado el sistema electoral que permite las chapuzas nacionalistas. Cualquier español está en riesgo de que al volver a su casa la encuentre robada por un ladrón que se quedará a vivir en ella protegido por las leyes. (¡Cómo puede tolerarse esto!) Un “mena” puede propinar una paliza en plena calle a un anciano con absoluta impunidad.

          Resulta curioso y, sobre todo, difícil, muy difícil de entender cómo el PSOE se ha convertido (formación que desde sus orígenes había tenido el orgullo de ser un grupo compacto socialdemócrata) en una diversidad de factores nada unidos; en una atomización política que ya venía dando muestras desconcertantes de desencuentros entre sus miembros -qué bien lo entendió Rosa Díez- desde la llegada de Zapatero a la Presidencia de la Nación. Desde luego esos desencuentros y divisiones internas socialistas estuvieron ciertamente contenidos mientras vivió Rubalcaba; como si él mismo mandara la barca de su partido en un mar revuelto.

             Pero una vez muerto este señero líder del partido; que se las arreglaba muy bien para que las figuras contestatarias del PSOE no figuraran mucho en los medios de comunicación. Una vez muerto él, digo, el desconcertante Pedro Sánchez comenzó con prontitud -“astuto coach”- a hacer de las suyas, desconcertando a muchos de los de la calle Ferraz y procurando que el socialismo en sí no fuera tanto un vecino de dicha calle y sí un grupo formado por un conjunto de adláteres suyos que se fijaran más en la Moncloa, con él mismo como líder absoluto del cambio consubstancial que venía proponiendo.