Ciclo de Conferencias de la Asociación Cultural Alcorcon Siglo XXI
Premios de Novela Alcorcón Siglo XXI
II Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI
III Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI
I Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI
Conferencia de Ely del Valle en Siglo XXI
Conferencia en Siglo XXI de D. David Pérez García
Conferencia: los excesos de comida en las fiestas navideñas

            No creo que, en tiempo de Navidad, cuando las entrañables fechas invitan a la alegría y al optimismo, esté nada bien barruntar tiempos difíciles, más bien dificilísimos. La entera sociedad me perdone esta reflexión de opacos augurios que intuyo y que ya me imaginaba antes de la llegada del coronavirus. Y no es porque leyera al músico y Premio Nobel Bob Dylan, que eso lo hice después. El mismo Papa Francisco un par de años atrás intuyó también algo semejante, aunque con menos dramatismo; de ahí sus advertencias a través de la carta encíclica “Laudato sí”.

            Es esa misma sociedad, la del mundo de la opulencia, principalmente, la que viene buscando la ruina del Planeta y de la misma especie humana; que es parte del contenido de dicho Planeta. Pues la debilidad de la atmósfera y del constreñimiento continuado que hacemos de sus elementos salutíferos nos irá llevando poco a poco a una situación tan caótica que, en no muchas décadas, acarrearán otras epidemias insostenibles si Dios no lo remedia. Digo Dios porque el hombre, por sí mismo y por muy dotado que esté para los estudios científicos, no alcanzará a rehabilitar de ninguna manera lo que anhelará para su bienestar cuando todos los recursos estén, si no perdidos definitivamente, sí, al menos, esquilmados y no aptos para poder ser disfrutados.            

            Sin más remedio hay que cuestionarse, si es que estamos en nuestro sano juicio, cómo lo pasarán las dos próximas generaciones tras la Cobid-19. Ya que los cambios de toda naturaleza se habrán de afrontar pesadamente y con inquietudes desesperadas ante los desajustes ambientales y los cataclismos que no se puedan rectificar para mantener lo logrado en estos tiempos; lo logrado, aunque con nula sensatez para valorar -valga la paradoja- lo que no valoramos con un mínimo de prudencia. Pues esos valores los despreciamos hoy, generalmente hablando, como si fueran bienes que siempre vamos a tener a nuestro alcance, y sin pensar que a las nuevas generaciones les pueden hacer falta, en sus tiempos de pésima situación, para sobrevivir.

            Creo firmemente que de las desventuras que han de venir, los intelectuales del momento son muy responsables por sus desesperantes negligencias a la hora de informar a los pueblos, a las gentes de toda condición, de que las actitudes y los hábitos presentes nos encadenan a la sinrazón en la que vivimos. Los intelectuales, sí; pues ellos poseen unas neuronas que, puestas al servicio de sus semejantes menos dotados, podrían muy bien prevenir, en parte, las calamidades que nos acechan a la vuelta de la esquina: miedos y soledades, mutuas desconfianzas, aumento de los suicidios, rabia endémica, paranoias, desafecciones familiares. Calamidades todas que pueden ser que las sorteemos nosotros ahora, pero que nuestros descendientes no podrán eludir, al faltarles los entendimientos que hoy se les podrían conculcar, dadas las experiencias que las gentes del Saber acumulan inútilmente.

            Y no solamente la intelectualidad, con sus indolencias, será la culpable de los indeseables fenómenos que irán desfigurando los conceptos humanos del momento. Pues, igualmente, los poderes públicos de la actualidad tienen su parte de culpa al no situarse, con sus leyes, normas y planificaciones, fuera de los recintos institucionales que ocupan. Situándose con la verdad allí donde los públicos aguardan de ellos contraseñas de sobriedad benefactora incluso impuestas con autoridad, si preciso fuera, para el bien común.      

            Un bien común que se ajuste a la sensatez; esa virtud indispensable que con toda seguridad, por desgracia, no se podrá apreciar por nadie (pues hoy mismo ya no se observa adecuadamente) cuando en unas décadas alucinantes por sus desordenes de toda naturaleza, las gentes, en confusión, se verán envueltas y debilitadas por otras pandemias que sacudirán la vida de este mundo, que nosotros iremos dejando.

            Pero como soy católico practicante y no tengo nada de sabihondo ni de político, tranquilizo al lector de estos días, para bien de él mismo y de sus descendientes, remitiéndolo al Evangelio de San Lucas. Cap. 21, ver. 28: “Cuando estas cosas comenzaren a suceder, cobrad ánimos -dice- y levantad vuestras cabezas al cielo porque se acerca la liberación”.